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La regla de goma

April 16th, 1999
O cómo medir las cosas para que luzcan mejor

Suele suponerse que todo se puede medir con números exactos y fáciles de comparar. Pero la gente de marketing sabe que los números grandes venden más, y que es más fácil mejorar los números que el producto.

Hecha la ley…

Como sería ilegal publicar especificaciones sacadas de la galera, los marketineros no aplican su imaginación directamente en los números, sino en cómo obtenerlos. El truco está en disponer las cosas de forma tal que resulten más favorecidas.

Supongamos que la estatura de una persona, medida de la forma habitual, sea de 1,70 m. Si, en cambio, pusiéramos a esa persona en puntas de pie y con los brazos en alto, eso nos daría 2,30 m – lo cual está mucho mejor. Sólo queda inventar una nueva denominación para este método, lo suficientemente poco clara como para que cada cual se imagine lo que quiera; por ejemplo, “altura en extensión”.

Desde luego, nadie se tragaría nuestros dos metros con treinta, porque todo el mundo tiene al menos una vaga idea de cuánto mide una persona. Pero cuando se trata de cosas más complejas y técnicamente más oscuras, son muchos los que caen en la trampa.

Así suena mejor

Un perfecto ejemplo se ve en los equipos de audio. La potencia de los equipos profesionales se mide en watts RMS, que indican la potencia sostenida a la que puede trabajar el equipo. En un principio, todos los equipos deberían medirse bajo esa especificación, pero los equipos hogareños, dirigidos a un mercado menos crítico, suelen expresar su potencia de otras maneras.

Idealmente, un equipo debería tener una respuesta plana, es decir, debería entregar la misma potencia para todas las frecuencias audibles. Pero un parlante no puede dar naturalmente una respuesta plana; a ciertas frecuencias responde mejor que a otras, diferencia que es mayor cuanto peor sea el parlante. Una forma bastante habitual de exagerar la potencia es midiendo sólo aquellas frecuencias en donde el parlante responde mejor.

Por otra parte, un parlante puede soportar excesos de potencia durante períodos muy breves de tiempo (del orden de milésimas de segundo). Midiendo esa potencia (que aplicada durante un tiempo sostenido reventaría el parlante) se obtiene también un número bastante más gordo. A este sistema de medición se lo llama PMPO.

En equipos con varios parlantes, se pueden aplicar los dos sistema anteriores para cada uno de los parlantes por separado, y sumar las potencias resultantes. Ahora el número es realmente interesante: sistemas de entre 5 y 10 watts RMS por parlante, se venden como sistemas de más de 200 watts PMPO.

Buscando el mejor perfil

Si algo tan simple como la potencia de un parlante se puede tergiversar de una manera tan grosera, imagínense lo que se puede hacer con sistemas mucho más complejos como una computadora o sus programas. Pero aún haciendo un gran esfuerzo mental no podrían superar a mucha gente de marketing, a la que se le paga grandes sumas por hacer eso todo el día.

Algunos trucos son bastante burdos, aunque no dejan de ser ingeniosos. Por ejemplo, medir un monitor no por la diagonal de la pantalla, sino por la diagonal de la carcasa de plástico – con lo cual no se está mintiendo al decir que el monitor mide 17 pulgadas, por más que la pantalla mida poco más que 15. Otros son mucho más elaborados, y al igual que en el caso de los parlantes, se apoyan en la falta de información sobre cómo funcionan las cosas, y de qué maneras se las puede medir.

En el caso de los procesadores, existen varios sistemas para medir su potencia, pero no sólo los fabricantes han sabido encontrarles la vuelta (empleando configuraciones casi experimentales que engordan los números), sino que en muchos casos, estos sistemas resultan demasiado abstractos para servir de parámetro en la vida real. Para empeorar las cosas, estos sistemas suelen ser incomprendidos incluso por los “laboratorios” de algunas “revistas especializadas” que los utilizan, quienes llegan a publicar datos que rayan con lo ridículo. Los usuarios tienen pocas herramientas para constatar esas afirmaciones, y al adquirir un sistema nuevo su único patrón de medida será el sistema anterior, obviamente menos potente – y creerán que el nuevo sistema es, efectivamente, tan potente como le dijeron que es.

Uno se imagina entonces que la mejor comparación entre diferentes sistemas se puede tener midiendo cómo ejecutan las mismas aplicaciones – pero los muchachos de marketing son mucho más imaginativos que uno.

Cuando lo mismo no es lo mismo

Diferentes procesadores tienen diferentes puntos fuertes y débiles, algo que se refleja en la ejecución de las aplicaciones. En el Pentium II, por ejemplo, se mejoraron algunas cuestiones relativas a la ejecución de código de 32 bits, a expensas del de 16 bits; en consecuencia y para sorpresa de varios, las aplicaciones de Windows 3.1 (aún bajo Windows 95/98) corrían mejor en el Pentium “I”.

Las cosas se complican más si, además de diferentes procesadores, se comparan diferentes plataformas. Diferentes sistemas operativos brindan entornos diferentes a las aplicaciones, y si bien muchas plataformas pueden correr bajo emulación los programas de otras, siempre el mejor rendimiento se obtiene corriendo los programas desarrollados para la propia plataforma.

Los vendedores saben estas cosas – y suelen encontrar cómplices en los “laboratorios” de ciertas “revistas especializadas”, por diversas razones (por ejemplo, apoyar los productos de un auspiciante importante, o simplemente defender una preferencia personal). Por ello se suelen publicar pruebas bastante estúpidas. Una prueba comparaba a un Pentium contra procesadores Alpha y PowerPC corriendo aplicaciones desarrolladas específicamente para el primero; lógicamente, daba a éste por vencedor. Lo llamativo es que las aplicaciones utilizadas en la prueba tenían versiones desarrolladas para los otros dos chips, y si se las hubiera usado (en lugar de correr bajo emulación versiones para Intel) los resultados hubieran sido muy diferentes.

En otro caso, se comparaba el tiempo que se tardaba en Windows y en MacOS en pasar por todas las páginas de un documento haciendo “scroll”. Lo que se estaba probando allí no era la velocidad de los sistemas, sino decisiones de diseño: mientras que en Windows 95 y 98 la velocidad del scroll depende de la velocidad del procesador y la tarjeta de video, en el MacOS la velocidad del scroll está limitada para evitar, precisamente, que con un clic se pase de la primera a la última página en un parpadeo. Que un auto sea capaz de acelerar de 0 a 100 km/h en 1/2 segundo no lo convierte en un bólido, sino en una máquina de estampar conductores contra la pared.

Conclusión

La mejor manera de tomar distancia de las pruebas hechas por vendedores y “laboratorios” es entenderlas como lo que son: ejemplos aislados, no necesariamente aplicables a la totalidad, pero (si la fuente es confiable) rescatables en sí mismos. El hecho de que una máquina ejecute una tarea mejor que otra, no significa que sea superior en todo, pero puede ser relevante si es precisamente esa tarea lo que nos interesa que haga.

Es difícil creer que alguien pueda ser completamente objetivo y tener la verdad absoluta en una industria tan compleja – y que maneja miles de millones de dólares. Tal vez lo mejor sea entonces saber para quién juega cada uno, y tomarse el trabajo de comparar sus conclusiones hasta extraer una propia, más ajustada a nuestros intereses que a los de ellos.

Santiago Bustelo
http://www.bustelo.com.ar

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