¿Quién tiene un abrelatas?
October 23rd, 1998Cómo compartir archivos y no morir en el intento
A menos que uno viva en una isla, el compartir archivos con otros puede llegar a ser un dolor de cabeza. Algunos usan la última versión de todo. Otros están felices con programas que ya tienen unos cuantos años. Otros usan programas diferentes a los que usamos nosotros, o incluso otro sistema operativo. Todos tenemos algo en común que, por obvio, suele olvidarse: las computadoras son sólo una herramienta, y nosotros somos más importantes que ellas.
Ja ja, yo tengo el OfficeNoventaMil y vos no
Cuántas veces uno escucha pelotudeces semejantes. Recuerda frases tan maduras como “mi papá es más fuerte que el tuyo”, y muestra que hay cretinos para quienes la computadora es un símbolo de status.
Una de las causas de los problemas de compatibilidad es la estupidez de poner a las máquinas por encima de sus dueños. Otra es la ignorancia absoluta: los novatos suelen creer que todas las computadoras son como la suya porque no conocen otra cosa – aunque desde luego hay quienes usan computadoras desde hace años y no han dejado de ser novatos (e ignorantes) en ese aspecto (y en muchos otros).
Ahora bien, ¿porqué existen, en principio, estos problemas de compatibilidad? Principalmente, porque muchas empresas que producen software cambian el formato de los archivos con cada nueva version, a veces sin necesidad; técnicamente, se podrían agregar nuevas funciones sin hacer incompatible el archivo con versiones anteriores.
Esto no es casual: por ejemplo, hay estudios que demuestran que el usuario medio de Word no utiliza más del 3% de las funciones del mismo. Una de las principales razones por la que los usuarios actualizan su software es para poder abrir los nuevos documentos (aún cuando estos no hagan uso de las nuevas funciones). Una política que vuelve a los usuarios improductivos cada vez que aparece una nueva versión, pero que asegura periódicas ganancias a estas empresas.
Entendiendo la (in)compatibilidad
Las aplicaciones son específicas a un sistema: sólo corren en el sistema para el que fueron diseñadas.
Pero este tipo de compatibilidad se refiere a la posibilidad (o no) de correr la misma versión del mismo programa en dos sistemas distintos, lo cual es indispensable sólo para correr juegos y otros programas que son fines en sí mismos. Las aplicaciones, en cambio, son herramientas – y en ese sentido, lo importante no son las aplicaciones, sino los documentos que ellas generan.
Los documentos son independientes del sistema – son sólo unos y ceros que pueden ser interpretados por varios programas en varias plataformas. El problema se reduce entonces en saber desde qué programa se abrirán los documentos; más exactamente, en saber si este programa será capaz de interpretar correctamente esos unos y ceros.
El Común Denominador
Una aplicación podrá abrir los archivos de otra más vieja, pero no al revés. Y afortunadamente, la mayoría de las aplicaciones también pueden guardar o exportar en formatos viejos (algunas no pueden hacerlo, como una forma de forzar a los usuarios a conseguir la última versión; hay que evitarlas a toda costa).
A la hora de compartir archivos, uno debe encontrar el máximo común denominador, que no es único, sino que depende de las aplicaciones que haya en las dos máquinas. Como los formatos nuevos pueden contener más cosas que los anteriores, en la conversión puede perderse información – y encontrar el formato más avanzado que se pueda compartir asegura que esta pérdida sea mínima o nula.
Por ello es importante conocer qué puede contener cada formato y qué no. Una forma simple de comprobar si se pierde algo o no en el cambio, es exportar el documento y luego volverlo a abrir.
¿Y si estamos apurados y no podemos averiguar qué programa o sistema usa el otro? Ante la duda, siempre conviene pensar que no será la última versión, y emplear algún formato viejo (o mejor aún, varios) para asegurarnos de que la información sea utilizable, que es en definitiva lo que nos importa.
Conclusión
No existe una solución universal, un único formato, para compartir información. Sí una metodología: saber qué aplicaciones hay en las dos computadoras, saber qué tipo de información hace falta compartir, y encontrar el común denominador que permita hacerlo.
Las cosas podrían ser mucho más simples si el afán de lucro no fuera la prioridad para las empresas que dominan el mercado – pero lamentablemente la informática no es sólo tecnología, sino también un negocio de miles de millones de dólares; una suerte de juego en donde los usuarios, los que ponemos dinero, somos la pelota. Saber compartir información no sólo permite una mejor convivencia entre los usuarios: también permite que sean las computadoras, las aplicaciones y las empresas que las hacen quienes estén a nuestro servicio, y no al revés.
Santiago Bustelo
http://www.bustelo.com.ar
