La tortuga del Chupete
December 21st, 2006De la Rúa denunció ayer que los saqueos que llevaron al final de su presidencia, fueron organizados por Duhalde y Ruckauf. Le llevó cinco años de “reflexión” (sic) caer en la cuenta de lo que los servicios de Inteligencia deberían haberle informado, al menos, en noviembre de 2001.
Muchos sabemos o sospechamos que los saqueos no fueron espontáneos. Pero tampoco fueron organizados, en el sentido que De la Rúa trata de darles. Fueron, simplemente, incitados. Reclutar y dejar en “zona liberada” a algunos cientos de desclasados, no es más que una chispa. La pólvora había sido regada alegremente por De la Rúa en sus dos años de des-gobierno.
El desempleo, la marginalización y la suspensión de planes sociales le habían ganado el desprecio de las clases más bajas. En su ineptitud, no tuvo mejor idea que poner como Ministro de Economía a Cavallo, traicionando a la gente que lo había votado para que Cavallo no volviera a la Casa Rosada. La clase media salió de su letargo cuando descubrió que no se trataba del Cavallo de los ‘90, el del milagro, sino el de los ‘80, el Robbin Hood al revés. El que como presidente del Banco Central durante la dictadura, había estatizado la deuda privada en deuda externa nacional, para proteger al sector financiero de los efectos de su propia especulación. Y que casi 20 años después volvía a proteger esos intereses, a través del incremento de la deuda externa y la confiscación de los ahorros de los particulares.
A lo largo de su des-gobierno, De la Rúa creyó que la gobernabilidad no era cuestión de gestión, sino de imagen. Lo siguió creyendo hasta el último minuto. Durante varios días en los que el país explotaba, los medios anunciaban que la declaración del estado de sitio era inminente – no porque tuvieran indicios de ello, sino porque era lo único que cabía hacer. Cuando finalmente apareció De la Rúa en cadena nacional, el anuncio del largamente esperado estado de sitio resultó un medido spot publicitario de marketing político. El expresivo gesto de quitarse los anteojos para agregar énfasis mientras miraba a la cámara, dio a entender que no había pasado esos días analizando estrategias: los había pasado ensayando.
Ése era, parece, el shock de confianza que había buscado dar durante los últimos meses: confiando en que ya nada quedaba por esperar, miles salieron a las calles a decirle tomátelas. Recién lo hizo al día siguiente. Hasta para eso se tomó su tiempo…
De la Rúa espera que sea la “historia” la que lo juzgue. Parece ignorar que la Historia la escriben los que ganan, y él perdió – arrastrando a todo el país en su fracaso.
Santiago Bustelo
http://www.bustelo.com.ar
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